miércoles, 21 de diciembre de 2011

Tras los albores de mayo

¿Qué nos falto para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derroto a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos?
Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia.  

Andrés Rivera “La revolución es un sueño eterno”

viernes, 9 de diciembre de 2011

Violeta se fue a los cielos

Sus coplas aun danzan por toda la cordillera de Los Andes. Hay quienes aseguran que aun se escuchan en los días de lluvia, pegado al corredor andino, letras de su pertenencia. Su música resuena en los barrios más humildes, donde bailan los más pobres, los que nada tienen en el Chile descarnado. Es la voz de los olvidados, que con ritmo de folklore los ha recordado. Son las estrofas recopiladas en cada uno de los barrios populares, en el campo, en los asentamientos. Es el intento de componer para todos aquellos a los cuales se les niega sistemáticamente la palabra.
Ella no es solo un color. Es el emergente de dos culturas. Hija de madre aborigen y de padre blanco. Poseedora de una raigambre popular que no traicionó ni aun en sus momentos de mayor esplendor. Ferviente amiga de Pablo Neruda, apasionada amante de cuanto hombre se enamoro. Escultora, pintora, bordadora. En definitiva, artista.
El titulo de la última película de Andrés Wood, tal vez sea el que mejor la representa. Ahí, como siempre, en constante trayecto hacia el cielo.


-¿Qué consejo les daría a los jóvenes creadores Violeta?
-Tal vez les diría que escriban como quieran. Que usen los ritmos que les salgan. Que prueben instrumentos diversos. Que se sienten en el piano y que destruyan la métrica. Que griten en vez de cantar. Que doble la guitarra y taña la trompeta, que odien las matemáticas y amen los remolinos. La creación es un pájaro sin plan de vuelos que jamás volará en línea recta.

“Violeta se fue a los cielos”, de Andrés Wood 

domingo, 4 de diciembre de 2011

Prisión perpetua

 El matrimonio es una institución criminal, dijo después. Una institución pensada para que con sus lazos se ahorque uno de los cónyuges. Ése es el sentido de la sentencia “hasta que la muerte nos separe”. El crimen femenino es un resultado lógico. Las suicidas como Madame Bovary o Ana Karenina, dijo Steve, son utopías masculinas. Proyecciones invertidas del terror que les provoca a los hombres captar la mirada asesina de sus mujeres. ¡Entonces las convierten en suicidas! Esas historias son cuentos de hadas para varones, fabulas tranquilizadoras, parábolas con moraleja. Cuentos contados entre hombres en la intimidad del vagón de fumar del expreso Moscú-París.
Habría que imaginar, en cambio, dijo Steve, a Madame Bovary como Raskolnikov para que las cosas mejoraran. La heroína es un criminal. Pero esos son los cuentos que se cuentan las mujeres en la intimidad de un coche cama en el expreso Moscú-París.
Un tren en la inmensidad de la noche.

Prisión perpetúa. Ricardo Piglia     

viernes, 4 de noviembre de 2011

Latinoamérica


¿Cómo comprender con claridad una idea? ¿Está implícita en una caricia, en una sonrisa, en el viento de una tarde de otoño? ¿Acaso vive en Bogotá, Rosario, Potosí o en todas al mismo tiempo y en el mismo lugar? ¿Dura un instante, un decenio o una eternidad? ¿Confluye en el imaginario colectivo de un continente, de una sociedad, de un pueblo, de una persona? ¿Quién la tiene? ¿Quién la levanta como bandera? Tal vez sean demasiados cuestionamientos para una noche de noviembre.
Sin embargo la siento cerca, la puedo palpar, le veo la cara. ¿Será que tenían razón? ¿Será que las ideas cuando se instalan en la memoria histórica de un pueblo ya no se sacan ni aun por la fuerza de las armas?
Te siento cerca Latinoamérica. Veo la sonrisa de tus hijos pobres. La veo en los barrios, desde el gran Buenos Aires hasta Caracas.
Veo dignidad, siento cariño y por primera vez en mucho tiempo, cuando miro a mí alrededor me encuentro más acompañado de lo que pensaba en este sentimiento.

martes, 1 de noviembre de 2011

En esta noche en este mundo


Sentada en el fondo de un lago.
He perdido la sombra,
no los deseos de ser, de perder.
Está sola con sus imágenes.
Vestida de rojo, no mira.

¿Quién ha llegado a este lugar
al que siempre nadie llega?
El señor de las muertes de rojo.
El enmascarado por su cara sin rostro.
El que llego en su busca la lleva sin él.

Vestida de negro, ella mira.
La que no supo morirse de amor y por eso nada aprendió.
Ella esta triste porque no está.


Alejandra Pizarnik



jueves, 8 de septiembre de 2011

El don de la lucidez



Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas.

Rodolfo Walsh



domingo, 4 de septiembre de 2011

Aguafuertes porteñas




La persona que tenga la saludable costumbre de levantarse temprano, y salir en tranvía a trabajar o a tomar fresco, habrá a veces observado el siguiente fenómeno:
Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen un diario en la mano y conversan animadamente entre sí.
Lo primero que se le ocurre al viajante inexperto es de que allí ha ocurrido un crimen trascendental, y siente tentaciones de ir a engrosar el número de aparentes curiosos que hacen cola frente a la cortina metálica, mas a poco de reflexionarlo se da cuenta de que el grupo está constituido por gente que busca empleo, y que ha acudido al llamado de un aviso. Y si es observador y se detiene en la esquina podrá apreciar este conmovedor espectáculo.
Del interior de la casa semiblindada salen cada diez minutos individuos que tienen el aspecto de haber sufrido una decepción, pues irónicamente miran a todos los que les rodean, y contestando rabiosa y sintéticamente a las preguntas que les hacen, se alejan rumiando desconsuelo. Esto no hace desmayar a los que quedan, pues, como si lo ocurrido fuera un aliciente, comienzan a empujarse contra la cortina metálica, y a darse de puñetazos y pisotones para ver quien entra primero. De pronto el más ágil o el más fuerte se escurre adentro y el resto queda mirando la cortina, hasta que aparece en escena un viejo empleado de la casa que dice:
-Pueden irse, ya hemos tomado empleado.
Esta incitación no convence a los presentes, que estirando el cogote sobre el hombro de su compañero comienzan a desaforar desvergüenzas, y a amenazar con romper los vidrios del comercio. Entonces, para enfriar los ánimos, por lo general un robusto portero sale con un cubo de agua o armado de una escoba y empieza a dispersar a los amotinados. Esto no es exageración. Ya muchas veces se han hecho denuncias semejantes en las seccionales sobre este procedimiento expeditivo de los patrones que buscan empleados.
Los patrones arguyen que ellos en el aviso pidieron expresamente “un muchacho de dieciséis años para hacer trabajos de escritorio”, y que en vez de presentarse candidatos de esa edad, lo hacen personas de treinta años, y hasta cojos y jorobados. Y ello es en parte cierto. En Buenos Aires, “el hombre que busca empleo” ha venido a constituir un tipo su¡ generis. Puede decirse que este hombre tiene el empleo de “ser hombre que busca trabajo”.
El hombre que busca trabajo es frecuentemente un individuo que oscila entre los dieciocho y veinticuatro años. No ha aprendido nada. No conoce ningún oficio. Y un buen día, día lejano, si alguna vez llega, él, el profesional de la busca de empleo, se “ubica”. Se ubica con el sueldo mínimo, pero qué le importa. Ahora podrá tener esperanzas de jubilarse. Y desde ese día, calafateado en su rincón administrativo espera la vejez con la paciencia de una rémora.
Lo trágico es la búsqueda del empleo en casas comerciales. La oferta ha llegado a ser tan extraordinaria, que un comerciante de nuestra amistad nos decía:
-Uno no sabe con qué empleado quedarse. Vienen con certificados. Son inmejorables. Comienza entonces el interrogatorio:
-¿Sabe usted escribir a máquina?
-Sí, ciento cincuenta palabras por minuto.
-¿Sabe usted taquigrafía?
-Sí, hace diez años.
-¿Sabe usted contabilidad?
-Soy contador público.
-¿Sabe usted inglés?
-Y también francés.
-¿Puede ofrecer una garantía?
-Hasta diez mil pesos de las siguientes firmas.
-¿Cuánto quiere ganar?
-Lo que ustedes acostumbran pagar.
-Y el sueldo que se les paga a esta gente -nos decía el aludido comerciante- no es nunca superior a ciento cincuenta pesos. Doscientos pesos los gana un empleado con antigüedad… y trescientos… trescientos es lo mítico. Y ello se debe a la oferta. Hay farmacéuticos que ganan ciento ochenta pesos y trabajan ocho horas diarias, hay abogados que son escribientes de procuradores, procuradores que les pagan doscientos pesos mensuales, ingenieros que no saben qué cosa hacer con el título, doctores en química que envasan muestras de importantes droguerías. Parece mentira y es cierto.
La interminable lista de “empleados ofrecidos” que se lee por las mañanas en los diarios es la mejor prueba de la trágica situación por la que pasan millares y millares de personas en nuestra ciudad. Y se pasan éstas los años buscando trabajo, gastan casi capitales en tranvías y estampillas ofreciéndose, y nada… la ciudad está congestionada de empleados. Y sin embargo, afuera está la llanura, están los campos, pero la gente no quiere salir afuera. Y es claro, termina tanto por acostumbrarse a la falta de empleo que viene a constituir un gremio, el gremio de los desocupados. Sólo les falta personería jurídica para llegar a constituir una de las tantas sociedades originales y exóticas de las que hablará la historia del futuro.

Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas del diario El Mundo.