lunes, 23 de julio de 2012
El poeta olvidado
Apuntes para una critica de la razón poética - Mario Trejo
Digamos, por ejemplo:
por un punto dado por fuera de la luna
solo podrá trazarse a dicha luna
una perpendicular y solo una.
O también: llámese barroco a todo aquel
para quien la distancia menor
entre dos puntos
es la curva.
Proposición:
pasar de la poética de la moral
a la moral poética.
Ejemplo:
de dos peligros debe cuidarse el hombre nuevo:
de la derecha cuando es diestra
de la izquierda cuando es siniestra.
En resumen:
más vale ser cabeza de león
que cola de ratón.
El mejor modo de esperar es ir
al encuentro
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Mario Trejo,
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Poesía
domingo, 20 de mayo de 2012
La revancha de América
Acaso la música siempre este emparentada con
el sustrato social que la impulsa, que le da vida y color. Es imposible
desclasarla, pero es probable que al intentar rastrear ciertos orígenes nos
topemos con convenciones socio históricas que delimiten la pertenencia de un
sonido a un lugar geográfico, un segmento socio etáreo y hasta a una época
temporal determinada.
Esta nota llega con la vuelta de Malón al
ruedo de los escenarios, y con una inesperada concurrencia a sus últimos shows.
Con esto no pretendo desmerecer el poder de convocatoria de una de las bandas
más tradicionales de la escena del heavy nacional, sino poner el acento en el
crecimiento y espera de su público. Tal vez sea central el concepto de espera
en tanto la banda estuvo separada catorce años, producto de desencuentros y
nuevos horizontes musicales de sus integrantes. Probablemente el más resonante de
estos haya sido el de su cantante, el histórico Claudio O´Connor, la voz más
representativa del estilo en la
Argentina , cuya carrera solista fue experimentando cambios en
la vocalización y la ambientación no solo de sus temas, sino también en la
transformación del mismo Claudio hacia vetas más intimistas y lugares menos
conocidos para el crudo sonido del heavy nacional.
Lo cierto es que Malón ha vuelto, lo cierto también,
como bien lo afirmó su guitarrista de toda la vida, el tano Romano a la revista
Rolling Stone, es que suenan como sonaría Hermética hoy. Una declaración incisiva
para todos aquellos viejos amantes que la
H ha sabido recolectar a lo largo y ancho de este país.
Tal vez sea que el heavy nacional trascendió
al igual que la mayoría de estilos su faceta de simple sonido. Malón da cuenta
de ello como figura insigne dentro del género.
Sus infancias están cruzadas con las de muchos
de sus oyentes y hasta sin saberlo de sus propios integrantes. El joven Strunz vivía
en La Matanza ,
Antonio Romano en Villa Insuperable, Carlos Kuadrado en la Tablada. Sin saberlo los
separaba un radio de veinte cuadras entre cada una de las casas. Diferente es
el caso de Claudio O´Connor, oriundo de Lomas de Zamora. Sin embargo todos
poseen una particularidad, provienen de barrios netamente obreros, en
particular de barriadas fabriles. Y es que esa infancia barrial, sumada a una
corta adolescencia producto de la rápida inserción al trabajo forjo una banda
de laburantes. Acaso sea éste el hilo conductor del heavy argentino, sus
profundas raíces en el ámbito de las fábricas. El tano Romano bien lo grafica
para la revista Rolling Stone cuando declara: “mi estilo nació de escuchar a
Metallica, Venom y los balancines de la metalúrgica donde laburaba, esos
sonidos mecánicos”. Carlos Kuadrado se dedico en los catorce años de parate auto
impuesto por la banda a trabajar de aquello en lo que siempre se desempeñó, la construcción.
Acaso el pato Strunz sea quien se dedicó al comercio con sus dos locales en
Flores, vinculados a la industria de la música y O´Connor, el más profesional
en el sentido de trabajar de la música, fue quien siguió ganándose la vida con
su carrera de solista.
Por carácter transitivo a su crianza y sus
oficios es evidente que las letras de Malón están avocadas a hablarle al
trabajador. A ensalzar al barrio como un reducto conocido, íntimo y de solidaridad
entre vecinos. A denunciar las bajezas de la política punteril, los estragos de
la policía o la precarización de los puestos de trabajo. Temas como Malón
Mestizo, Gatillo fácil o Hipotecado así lo grafican. Es el sonido crudo y las letras descarnadas
del heavy nacional, tal vez la mejor banda de sonido que este país tenga como
legado y recuerdo de la década privatista de los noventa. Porque los cierres de
fabricas afectaban al barrio al que el heavy le debe su inspiración como sonido
de protesta. Pero el sonido del metal argentino ha sabido destacar las luchas y
los siniestros nacionales. La referencia a los caídos en Malvinas en Nido de
almas, el recuerdo de los treinta mil detenidos desaparecidos en 30.000
plegarias o la masacre, muy poco documentada e investigada del pueblo aborigen
de Pilagá a manos de la gendarmería nacional en octubre de 1947, son sobradas
muestras de que Malón le ha cantado a
una realidad que sufría en carne propia.
Teorizar sobre la merma del público de este
sonido netamente argentino es también indagar sobre la destrucción del barrio
como espacio de contención y de la fábrica como ámbito y núcleo de trabajo. El
heavy nacional tuvo que pasar de condenar la explotación desmedida en la fábrica
a graficar violentamente el desmantelamiento productivo de un país.
Probablemente como respuesta a la recuperación
de una buena parte de los puestos de trabajo haya vuelto también Malón. Factor
indispensable para una critica desde adentro del sistema de producción, pero
sobre todo síntoma de que es posible utilizar el arte como apoyatura critica de
la realidad cotidiana. Es que sí el barrio ha mutado y la producción nacional
se despertó nuevamente, entonces el sonido de balancines y compresores que el
tano Romano posee como referencia ha reavivado la mística de la banda. El heavy
nacional es quien mejor representa desde la crudeza de sus letras y su música
al laburante argentino, es tal vez la banda sonora más fiel del Martín Fierro actual.
Solo que esta vez ha sabido tecnificar sus coplas para convertirlas en metal.
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viernes, 18 de mayo de 2012
Recordando a Paco
Dame la mano
Cuando arda
el amor,
no estaré a
tu lado,
estaré
lejos.
Será por
cobardia,
Por no
sufrir,
Por no
reconocer que no supe
Cambiar todo
esto.
Arderá el
amor,
arderá su
memoria
hasta que
todo sea como lo soñamos
como en
realidad pudo haber sido.
Pero ya
estaré lejos.
Será tarde
para lamentos
y nadie
podrá todavía asombrarse
de lo que
tiene.
Antes que
nada, antes
de sospechar,
vivamos esto,
que más no sea, y que
por ahí es
demasiado.
Vivir, sin
que nadie
admita; abrir el fuego
hasta que el
amor, rezongando, arda
como si
entrara en el porvenir.
Francisco “Paco”
Urondo.
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Francisco Urondo,
Nostalgia,
Poesía
jueves, 17 de mayo de 2012
La mirada invisible
La
adaptación cinematográfica del libro “Ciencias morales” de Martín Kohan, fue
llevada adelante por el director Diego Lerman. Ganadora de un par de premios y
presentada en el festival de Cannes, nos encontramos con un minucioso trabajo
de orfebre. Una labor de relojería que nos permite espiar en el interior de los
muros del colegio más antiguo y tradicionalista que tiene Buenos Aires, su
reconocido colegio Nacional.
Hacia
adentro de esta fortaleza del saber nos encontramos con María Teresa, una joven
preceptora, de pulcritud reluciente, vida monótona y costumbres repetitivas,
impecablemente interpretada por Julieta Zylberberg. Una supernumeraria gris del
sistema institucional educativo, imperante en 1982.
La
pulcritud, el ordenamiento, la total y absoluta disciplina se asemejan por
momentos a los de una institución carcelaria. Y es que la historia busca
mostrarnos un desdoblamiento de lo acontecido. Por un lado las prácticas
represivas de la institución para con los estudiantes. Por otro el blindaje del
colegio para con el afuera.
Si las
practicas de contención del orden instituido son eficaces es por sobre todas
las cosas por la internalización de las reglas y normas que los carceleros
investidos de preceptores llevan adelantes. Nuestra protagonista nos devela la
constante devoción puesta hacia mejorar las practicas persecutorias,
efectivizar sanciones y lograr métodos de inteligencia y recolección de datos más
sutiles. Tal vez sea por eso que el director haya decidido cambiar el nombre de
la obra original. La mirada invisible es el perfeccionamiento de la coacción
ejercida por María Teresa. Ese constante perfeccionamiento la lleva al
paroxismo de sentir un leve olor a tabaco, suave, sutil. Rápidamente esa
sensación le remite a una infracción de las normas y reglas del conjunto del
estudiantado hacia la propia institución. Esa internalización propia de quien
busca superarse en los métodos establecidos de control la lleva a esconderse en
el baño de los varones, a quienes se dedica a espiar meticulosamente. Ese
perverso juego de búsqueda de la infracción moral, la sumerge en un obscuro y
excitante juego. Es la excitación de quien se sabe poderoso con el lugar y el
papel que ejerce y ocupa, con su función.
El
desdoblamiento de la película nos marca también, lo desligado que esta el
colegio con la sociedad que esta por fuera de los muros que lo contienen. Solo
al final de la misma podemos escuchar ciertas manifestaciones callejeras que
vienen a romper con la monotonía monocorde y monocromática de la actividad
académica.
Un párrafo
aparte debe ser destinado al señor Biasutto, jefe de preceptores. Acaso sea la
demostración empírica que el régimen carcelario también azoto las aulas de
varios colegios durante la última dictadura militar en la Argentina. La
interconexión entre ambos personajes, forjada en una devoción de María Teresa
hacia las practicas y el nivel de inflexibilidad de Biasutto para con las
mismas, cimentan una relación que sostendrá el argumento de la película,
dándole un final a la misma emparentado con el desenvolvimiento de la historia
nacional. Es que acaso la joven preceptora represente a la perfección a una
gran porción de la clase media capitalina de esos tiempos, y muestre a las
claras su transfiguración conforme se desenvuelve la película.
Si el libro
de Werner Pertot y Santiago Garaño, “La otra juvenilia”, muestra a las claras
la ebullición de pensamiento y militancia que se vivía en el Nacional Buenos
Aires antes del 24 de marzo de 1976, el libro de Martín Kohan hace un paneo
pormenorizado de cómo todo ha sido arrasado. Acaso el gran merito de la
película sea lograr transmitírnoslo con imágenes elocuentes.
Acaso no
sean casualidad lo que nos transmiten las cifras oficiales: el 69.3% de las víctimas del terrorismo de Estado
tenían entre dieciséis y treinta años.
Ficha
técnica:
Película: La mirada invisible
Dirección: Diego Lerman
Año: 2010
Duración: 92 minutos
Interpretación: Julieta Zylberberg
(Marita), Osmar Núñez (Biasutto), Marta Lubos (Adela), Gabriela Ferreiro
(Elvira).
Guion: María
Meira, Diego Lerman; basado en la novela “Ciencia morales”, de Martín Kohan.
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Cine,
Novelas,
Textos propios
martes, 15 de mayo de 2012
La carta que uno nunca espera escribir
En la vida
de toda persona existe un momento en el cual siente que está escribiendo un
texto, una carta, aun cuando la misma haya dejado de usarse hace tiempo, que es
la nunca hubiera querido escribir. Solo las vueltas de la vida o vaya a saber qué
extraño acontecimiento futuro pronostique si habrá otra carta igual o será la última.
Aun cuando fuera la última tendría al menos el valor de ser única.
Será que uno
nunca está preparado para terminar una relación. Será que continúa enamorado a
una figura pretérita, olvidada en un cajón de los recuerdos. Será que la
tristeza, con esa fugacidad particular que la caracteriza, tiene la capacidad
para sacarte de lo que estabas haciendo y sumirte en una espiral de recuerdos
que se azotan contra alguna pared del cerebro pidiéndote a gritos que te abras
la cabeza para dejarlo respirar. Y como uno no lo hace, porque la pulsión de
vida es más fuerte y vigorosa se aloja en el musculo blando del corazón, desde
donde es dueña y señora de las emociones. No necesito ponerle a toda esta
perorata signos de pregunta, porque no quiero saber las respuestas. Prefiero liberar
todo lo que se pueda este texto de convencionalismos literarios. Sobre todo
sabiendo que vos trabajas de las letras.
Hay dos
cosas que no puedo dejar de pensar. Una es casi un esnobismo literario. No podría
nunca salir con una mujer que no haya leído Rayuela. Porque no puedo dejar de
pensar que si no lo hizo no tiene la capacidad intacta para soñar. Y yo no
quiero estar con alguien que no pueda soñar. La otra es dejar de pensar la
felicidad que sentí con vos en cada uno de los viajes que hicimos.
Me robaste
la capacidad para disfrutar de cualquier viaje que no sea al lado tuyo. Es por
eso que no pienso en vacaciones, viajes o escapadas. Me duelen. Me traen
recuerdos. Y uno normalmente si le quiere escapar a los dictados de la tristeza
que opera decididamente desde su base en el corazón, debe olvidar. Es terrible
lo que estoy a punto de afirmar, pero Nietzsche tenía razón. Sin capacidad de
olvido no puede haber ninguna felicidad, ningún presente. La memoria, emplazada
en el cerebro, es un adminiculo de la razón. La felicidad, desde su sustancia volátil,
es propia del corazón.
La cuestión pasa
por tomar una decisión. Saber qué hacer. Mendigar por los apagones del Eterno
resplandor de una mente sin recuerdo o alojar a la tristeza como huésped sin
contrato de vencimiento en algún resquicio del ser. Shakespeare le pifio. Le pifio
feo. Ésta es la cuestión.
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La noche,
Nostalgia,
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domingo, 1 de abril de 2012
Oliverio
Llorar a lágrima viva
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.
Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.
Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!
Oliverio Girondo.
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Poesía
Vale por estos días.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros». Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol. Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio. Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros. Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo. Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.
Eduardo Sacheri. Fragmento de: “Me van a atener que disculpar”
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